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La “pedagogía mediática”, el apego y la resiliencia.

 

Publicado en la revista de madre a madre septiembre 2008

Por Mª Ángeles Fernández Gómez y Lourdes Fernández Montoya
 

    En los últimos tiempos, una antigua y desafortunada ideología que considera que los niños son unos seres peligrosos e incomprensibles está siendo ampliamente difundida a través de populares programas de televisión y de libros superventas. Esta “pedagogía mediática” defiende el uso de técnicas de represión para amaestrar a los niños, considerados unas pequeñas criaturas malintencionadas que pretenden manipular a los adultos.

    Es necesario, por el bien de los niños y niñas, analizar estas ideas que  se presentan revestidas de verdad científica, lo cual les confiere una falsa credibilidad.

   Desde los medios se predica que debe ser la Psicología Científica la que dictamine cuál es la actitud correcta de los padres hacia sus hijos. Los padres y las madres desean hacer lo mejor por y para sus hijos y, en ocasiones, ponen en práctica las recomendaciones de estos expertos.

    El núcleo duro de estas teorías es ignorar al niño cuando no se comporta según nuestros deseos. A los padres se les prescribe que les retiren a sus hijos la atención si, por ejemplo, tienen un añito y no quieren dormir solos en una habitación o si tienen tres años y no saben vestirse solos o poner la mesa (cualquier día, en un programa de estos, van a poner a los niños a trabajar para colaborar con los gastos de la hipoteca). Todas las normas que deben cumplir los niños se registran por escrito y se colocan en un lugar visible de la casa, incluso cuando los niños son tan pequeños que aún no saben leer.

     A estos expertos les parece imposible educar a los niños con amor y respeto, y sin tener problemas con los límites. Los padres que ponen en práctica estas técnicas pueden, en algunos casos, volverse insensibles a los sentimientos y necesidades afectivas de sus hijos. En lugar de fomentar el entendimiento entre adultos y niños, estas viejas ideas, disfrazadas de modernas técnicas de la  Psicología Conductual, distorsionan el significado del comportamiento de los niños.

    El empleo de estas técnicas hiere emocionalmente a los niños, menoscaba su capacidad cognitiva y puede dañar de forma irreparable el vínculo con sus figuras de apego. Esto nos lleva a hablar del segundo término que da título a este artículo: el apego.

    En 1950, la Organización Mundial de la Salud encargó al psicólogo británico John Bowlby un estudio acerca de las necesidades afectivas de los niños huérfanos institucionalizados. Tras finalizar este estudio, Bowlby dedicó muchos años a la investigación y a la elaboración de sus teorías sobre el apego, que expone en su trilogía El apego, La separación y La pérdida.

    Según Bowlby el apego es “el lazo afectivo duradero ente dos personas que les lleva a mantener la proximidad y la interacción. El individuo vinculado halla en la otra persona una base de seguridad a partir de la cual explora el mundo físico y social y, a la vez, un lugar de refugio donde reconfortarse en las situaciones de ansiedad, tristeza o temor”.

    Este lazo afectivo se manifiesta en una serie de conductas por parte del niño:

        -Esfuerzos por mantener la proximidad.

        -Exploración desde la figura de apego como base segura.

        -Refugio en los momentos de tristeza, temor o malestar.

        -Ansiedad ante la separación y sentimientos de desolación y abandono ante la pérdida.

 

    En nuestra especie se ha desarrollado y mantenido la conducta de apego las siguientes funciones:

        -Favorecer la supervivencia, manteniendo próximos y en contacto a las crías y a los progenitores.

        -Proporcionar una base segura a partir de la cual explorar adecuadamente el entorno.

        -Fomentar la salud física y psíquica.

        -Posibilita las relaciones sociales sanas, funcionales y placenteras.

 

    Mary Ainsworth clasificó los patrones de conducta de apego en dos amplias categorías: apego seguro y apego inseguro. El apego inseguro se subdivide a su vez en apego inseguro ansioso-ambivalente y apego inseguro evitativo.

    El vínculo de apego seguro se desarrolla en el niño cuando su madre está disponible para él y atiende sus demandas y sus necesidades, tanto fisiológicas como afectivas, de forma adecuada. Los niños perciben a su figura de apego como sensible y accesible, y la utilizan como base segura desde la que explorar el mundo. Los niños se sienten en libertad para crecer y desarrollarse con confianza.

    Cuando la figura de apego no es sensible o accesible a las necesidades del niño, se desarrollan los diferentes tipos de apego inseguro. En el apego ansioso, el tipo de interacción madre-hijo es incoherente y la madre tiene enormes dificultades para interpretar las señales del niño. En estos niños no se generan sentimientos de protección, y manifiestan grandes dosis de ansiedad cuando se separan de la figura de apego.

    En el caso del apego inseguro evitativo, la figura de apego desarrolla un estilo de interacción caracterizado por la irresponsividad, la impaciencia y el rechazo. Como consecuencia de esto, los niños no buscan la proximidad de su figura de apego cuando necesitan protección.

    Después de años de investigación, Bowlby comprobó como el tipo de vínculo de apego que se construye en la infancia influye de forma decisiva en la forma de percibir el mundo y las relaciones interpersonales en la etapa adulta.

    Así, los adultos seguros (los que tenían un vínculo de apego seguro con sus progenitores cuando eran niños) se perciben a sí mismos como afables y capaces. Perciben a los otros como bienintencionados y confiables. Tienen facilidad para intimar y se sienten cómodos en las relaciones interpersonales. Su estructura cognitiva es flexible y se adaptan de forma eficaz y constructiva a los cambios externos.

    Los adultos de tipo ambivalente se sienten poco inteligentes e inseguros. Perciben a los otros como desconfiables y son reacios a comprometerse en las relaciones íntimas. Temen que los demás no los quieran o que los abandonen.

    Los adultos de tipo evitativo, por su parte, tienden a negar y reprimir sus emociones. Les obsesiona afirmar su autosuficiencia y no toleran los sentimientos de vulnerabilidad. Son suspicaces, escépticos y retraídos. No confían en los demás y se sienten incómodos a la hora de recibir ayuda.

    Así pues no es difícil darse cuenta que encerrar a los niños en una habitación oscura , dejarlos llorar hasta que comprendan que nadie va a acudir en su ayuda o ignorarlos si no han recogido los juguetes no es la forma más adecuada de actuar si queremos establecer un vínculo de apego seguro con nuestros hijos.

    El empleo de estas “pautas educativas” tampoco favorece que nuestros hijos se conviertan en adultos resilientes. Y esto nos lleva al tercer término con el que hemos dado título a nuestro artículo: la resiliencia. El término resiliencia fue introducido en el ámbito psicológico por el psiquiatra infantil Michael Rutter, que, desde su enfoque conductista, la definía como una “flexibilidad social adaptativa”.

    Más tarde, el psiquiatra y etólogo Boris Cyrulnik amplió el concepto de resiliencia observando a los supervivientes de los campos de concentración, a los niños de los orfanatos rumanos y a los niños de la calle bolivianos. Las teorías del apego de Bowlby desempeñan un papel fundamental en la teoría de la resiliencia de Cyrulnik, para quien la resiliencia sería “ la capacidad de los seres humanos sometidos a los efectos de una adversidad para superar dicha adversidad o incluso salir fortalecidos de la situación”.

    Según Cyrulnik, para construir la resiliencia, es necesario, en primer lugar, que el individuo sea capaz de formular una explicación de lo que le ha ocurrido; en segundo lugar, que sea capaz de proyectarse positivamente en el futuro, que piense que lo va a superar y planifique lo que va a hacer cuando se recupere, y, por último, el individuo necesita un tutor de resiliencia, que puede ser una figura de apego,

 un cuidador, un profesor o cualquiera que, en algún momento, haya ofrecido un apoyo incondicional al sujeto (también puede ser un lugar, una conversación, un libro, una película o cualquier acontecimiento que haya favorecido el renacer psicológico tras el trauma).

    Conociendo toda esta información, no es difícil percatarse cuenta de que los niños sometidos a los rigores de la “pedagogía mediática” lo tienen bastante más complicado para volverse resilientes (por suerte, no imposible).

    Tanto las teorías del apego y la resiliencia están bastante probadas. El amor, el respeto y la disciplina con amor ayudan a crecer a niños, que serán adultos psicológicamente sanos, ya que fueron criados con la seguridad de que el cariño de sus padres no fluctuaría en función de si recogen o no sus juguetes y que nunca se han visto privados de los abrazos y las palabras cariñosas de sus padres. “Hay tres cosas que nunca vuelven atrás, la palabra dicha, la flecha disparada y…la oportunidad perdida.” No dejemos de pasar la oportunidad de ayudar a crecer a otros seres humanos con cariño y respeto.

 

Mª Ángeles Fernández Gómez es psicóloga del Servicio de Protección de Menores de la Junta de Andalucía, especialista en apego y resiliencia, y madre de tres niños.

Lourdes Fernández Montoya es psicóloga, escritora y madre de una niña. Ha trabajado en programas dirigidos a niños y jóvenes en situación de riesgo social.

 


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10/10/2009