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La fuerte amapola. Cristina Pascual

 

 

He encontrado un bonito cuento escrito por una niña  llamada Cristina Pascual  y que explica la lucha por una adopción. A mi me ha gustado mucho.
Saludos, Amparo

Había una vez un bosque que no estaba muy bien organizado y, en medio de todo ese follón, habitaban dos inseparables amigas: la coneja y la amapola.

Se conocía desde que las dos habían aparecido en ese bosque, pero de eso ya hacía algún tiempo.

Un día, al despuntar el sol y cuando el ruiseñor comenzaba a cantar a la aurora, la coneja despertó a su amiga y le comentó que para el siguiente invierno tendría una cría. La pequeña flor se alegró mucho de la noticia por la cual su amiga estaba ilusionada y más feliz que nunca, pero no pudo evitar que, en el fondo de su gran corazón, brotara un cierto sentimiento de envidia. Esto era debido a que desde hacía ya algún tiempo, su mayor deseo era tener una cría. Esto no era posible ya que, al ser una flor, su débil cuerpo no podía traer un "bebé flor" a este bosque, o, por lo menos, esta era la explicación que el señor Búho, el sabio del bosque, le había dado.

Por aquellos días el otoño ya empezaba a dejar notar su presencia y corría el rumor de que los cazadores habían matado a una loba (que no era muy bien vista en el bosque), dejando sin mamá a un pequeño cachorro que había nacido la noche anterior. Sobre este tema todos los animales del bosque, ardillas, urracas, conejos, zorros…y hasta el León! (rey del bosque), opinaban que ese cachorro no necesitaba su ayuda ya que era el hijo de la malvada loba que tanto temor infundía entre los habitantes de esa extraña población. Sólo la pequeña amapola pensó que ese cachorro no tenía la culpa de la reputación de su madre y, por lo tanto, necesitaba un hogar donde pasar el invierno que ese año los sabios del bosque lo predecían frío.

La amapola habló con la urraca para que le diera el permiso para traer al lobito a su humilde casa, a lo que ésta respondió que sólo ere la consejera del León y, para tal permiso, la flor debería dirigirse a él.

Esa misma mañana, se presentó en el árbol de la amapola su querida amiga, la coneja. A esta ya se le notaba un poquito la barriguita abultada, pero la coneja estaba allí no precisamente para hablar de su cría, sino porque se había enterado de lo que la flor quería hacer y venía a quitarle de su cabeza la idea de acoger al cachorro.

- Pero, ¿tú te has dado cuenta de que el cachorro es hijo de la loba?- exclamó de repente la coneja, rompiendo así el silencio, que ya duraba un buen rato.

- Pues claro - exclamó la amapola -, pero también me he dado cuenta de que él me necesita ya que el invierno cada vez está más cerca y un cachorro de su edad nunca podría sobrevivir solo ante esta situación. Además, yo siempre he deseado tener una cría y él me necesita. Creo que los dos queremos algo del otro y esto no une, porque sin tenerlo ahora aquí, ya le quiero.

- Pero para tenerle contigo tendrías que hablar con el León, y ya sabes que sus decisiones son sabias pero lentas.

- Por eso mismo, después de almorzar esta jarra de agua, iré a ver al rey.

La amapola, al decir esto, sintió un poco de miedo ya que el León le infundía respeto. Pero estaba segura de que si no lo hacía ese pequeño cachorro moriría el próximo invierno.

Llegó la tarde y la flor estaba delante de la gran cueva donde se refugiaba el León. Le había costado mucho llegar allí, ya que el camino no estaba bien señalizado y casi se mete en la caverna del Oso. Una vez allí, decidió entrar en la cueva. Era un lugar oscuro y húmedo, pero al final de la gran cueva se podía distinguir un gran trono de oro en el que estaba sentado el gran León. Esta llevaba una corona de piedras preciosas y un precioso manto bordado en oro y plata.

El León se sorprendió al verla allí, pero la hizo acercarse. Cuando la flor estaba al lado del manto, hizo una reverencia doblando su fino tallo lo más que pudo. Entonces el rey, tras dejar pasar un tiempo, le pidió que le explicara el asunto que la había llevado hasta allí.

- Dime, pequeña y frágil amapola, ¿qué te trae por aquí? –dijo de repente el León-. Espero que sea importante. Ya sabes el castigo que reciben los que me hacen perder el tiempo, ¿no?

- No –exclamó la amapola.

- La muerte, mi pequeña amiga. Pero a ti te voy a dar la oportunidad de marcharte, si quieres ahora.

- No señor, creo que mi asunto es demasiado importante.

- ¿Tanto como para arriesgar tu vida? –dijo el León esperando que la flor se fuera y le dejara en paz ya que en realidad, esa mañana no le apetecía pensar.

- Sí señor, tanto. He oído que la loba que tanto daño causó a este bosque, fue asesinada por un cazador. Pero esa noche había parido a un pequeño cachorro que no conseguirá pasar el invierno si no hay nadie que lo cuide. Y esa quiero ser yo.

El León, al oír estas palabras, se levantó de un salto de su trono furioso, rodeó a la flor y rugió de tal forma que hasta en las fronteras del bosque se le debió oír. Pero la Amapola no se asustó lo más mínimo. Y el León, al observar la cara serena del ser que tanto le acababa de ofender, cambió de idea.

- De acuerdo, yo te dejaré criar al cachorro, pero tú misma deberás ir a por él.

El León sonreía cuando decía estas palabras.

- Te debo informar que el cachorro está al sur del bosque, donde habitan el oso, el jabalí, un rebaño de ovejas al que seguramente le gustará una amapola de desayuno, y los cuervos. Ahora, te mando que vayas a buscarle.

Y dicho esto, el León se retiró a sus aposentos a dormir. No estaba acostumbrado a pensar tanto en un día, pero estaba feliz, ya que con toda seguridad la débil flor no traspasaría ni la primera prueba.

Pero muy distintamente pensaba la flor. Estaba totalmente convencida de que conseguiría llegar hasta el cachorro sana y salva.

Debía partir en ese momento para que el lobito no estuviese ni un momento más solo. Cogió un poco de agua del río y se puso en camino. El bosque por donde se iba adentrando era muy oscuro y lo peor era que la noche estaba al caer. De repente, vio una cueva, pero no se detuvo. Quería pasarla sin mirar siquiera lo que allí se escondía, pero no fue posible ya que el gran animal que vivía en aquella caverna se despertó y salió a ver a la flor.

Esta estaba asustada, pero al ver que el oso era osa y que detrás de ella venían cuatro preciosos cachorros, el miedo se fue pasando.

La osa le preguntó:

Y la flor le explicó todo. La osa lo comprendió y la dejó entrar en su caverna, ya que esta tenía una puerta secreta que daba a donde estaba el lobito.

Cuando la Amapola vio aquella bolita de pelo gris, tan bonita, supo que había merecido la pena arriesgar su vida. Ahora ella tenía lo que deseaba,

su cría, y el lobito lo que necesitaba, una mamá. Cuando el León vio a la Amapola con su bebé tuvo que tragarse el orgullo, ya que todos los animales del bosque estaban contentos de la gran hazaña que había realizado la flor. Pero la que más se alegró fue su amiga, la Coneja, ya que cuando llegó el invierno tuvo a sus crías que fueron amigas del lobito.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.


 

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 Actualizada el
20/04/2008